Domingo 7 de agosto de 2016

7   XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Santo del día:

Sixto y comp.; Cayetano; Alberto de Trápani; Jordán Forzaté

 

 

Misa  del Domingo  (verde) 

 

 

 

LECC.: vol. III  (o bien: vol. I (C) de las nuevas ediciones).

 

- Sab 18, 6-9.

Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos

honrabas, llamándonos a ti.

 

- Sal 32.

R.- Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

 

- Heb 11, 1-2. 8-19.

Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba

a ser Dios.

 

- Lc 12, 32-48.

Estad preparados.

 

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Tener en las manos las lámparas encendidas. La espera tiene siempre un fundamento. Israel esperaba la intervención de Dios para ser liberado (1 Lect.). Jesús indica las actitudes que debe poseer el que espera, a saber: estar en vela, ceñida la cintura y con la lámpara encendida, como quien aguarda la vuelta del señor (Ev.). Durante el tiempo de espera se debe permanecer activo practicando la virtud de la fe. La creencia da pleno sentido a la espera e ilumina el camino para el encuentro definitivo con  Dios (2 Lect.)

 

 

 

3ª del salterio

Sab 18,6-9 / Sal 32 / Heb 11,1-2.8-19 / Lc 12,32-48 (breve: 12,35-40)

 

 

 

Primera Lectura:

Sabiduría 18,6-9

 

La noche de la liberación les fue preanunciada a nuestros antepasados, para que, sabiendo con certeza en qué promesas creían, tuvieran buen ánimo. Tu pueblo esperaba la salvación de los justos y la perdición de los enemigos, pues con lo que castigaste a los adversarios, nos glorificaste a nosotros, llamándonos a ti. Los piadosos hijos de los justos ofrecían sacrificios en secreto y establecieron unánimes esta ley divina: que los fieles compartirían los mismos bienes y peligros, después de haber cantado las alabanzas de los antepasados.

 

 

Salmo responsorial:

Salmo 32,1.12.18-19.20.22

 

 

R.- Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

 

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad. R

 

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. R

 

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R

 

 

 

 

Segunda lectura:

Hebreos 11,1-2.8-19

 

Hermanos: La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve. Por ella son recordados los antiguos. Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba. Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas, y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios. Por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo vigor para concebir cuando ya le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía. Y así, de un hombre, marcado ya por la muerte, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas. Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad. Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia». Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos, de donde en cierto sentido recobró a Isaac.

 

 

 

Evangelio:

según san Lucas 12,32-48 (breve: Lc 12,35-40)

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

 

 

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Nada que temer

 

 

El pequeño rebaño de los discípulos no tiene nada que temer; el Padre ha querido darles el Reino. Quien nos ha entregado a su propio Hijo, «¿cómo no nos dará todas las cosas con Él?». Pero los humanos siempre estamos expuestos a que la visita de Dios pase de largo, por no estar nosotros atentos y dispuestos para recibirle. No se trata de poner en tensión todos nuestros sentidos. Nada nos dispone mejor que el servicio a las tareas que el Señor nos ha encomendado..

 

 

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Señor, que te has dignado llamarnos a seguirte, ayúdanos a cumplir las condiciones que requiere tu seguimiento.

 

 

 

 

 

                                                     Fuentes: Editorial San Pablo y CEE