Domingo 31 de julio de 2016

31   XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Santo del día:

Ignacio de Loyola; Fabio; Germán de Auxerre; Juan Colombini

 

 

Misa  del Domingo  (verde) 

 

 

 

- Ecl 1, 2; 2, 21-23.

¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?

 

- Sal 89.

R.- Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generacón.

 

- Col 3, 1-5. 9-11.

Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.

 

- Lc 12, 13-21.

Lo que has acumulado, ¿de quién será?

 

 

Rico ante Dios. El mundo es una realidad pasajera (1 Lect.) No conviene confiar en los bienes de la tierra (Ev.). Es necesario, en cambio, pensar en las "cosas de arriba" evitando todo aquello que pueda perjudicar la realización del hombre nuevo (2 Lect.).

 

 

 

2ª del salterio Ecl 1,2; 2,21-23 / Sal 89 / Col 3,1-5.9-11 / Lc 12,13-21

 

 

 


Primera Lectura: Eclesiastés 1,2; 2,21-23

 

¡Vanidad de vanidades! –dice Qohélet–. ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave dolencia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar; de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.

 

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Salmo responsorial: Salmo 89,3-4.5-6.12-13.14.17

 

 

 

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

 

 

 

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán». Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna.

 

 

 

Si tú los retiras son como un sueño, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca.

 

 

 

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.

 

 

 

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos.

 

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Segunda lectura: Colosenses 3,1-5.9-11

 

Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él. En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. ¡No os mintáis unos a otros!: os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador, donde no hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo, y en todos.

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Evangelio: según san Lucas 12,13-21

En aquel tiempo, dijo uno de la gente a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

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Reflexión: Hay más alegría en dar que en recibir

Jesús pone aquí de manifiesto a sus oyentes la necedad de quien dedica su vida a amasar unas riquezas incapaces de responder a su deseo de felicidad. No ha sabido descubrir que su vida no depende de sus bienes; que el valor de estos depende del uso que se haga de ellos; y que acumularlos para sí, por más cálculos que haga, no va a garantizar su posesión duradera. Pero el rico de la parábola es necio no solo porque no piensa que la muerte le va a arrebatar lo acumulado. Es que no ha descubierto que hay otro tipo de riqueza. La que nos hace «ricos ante Dios». Es la riqueza de Dios; la del don permanente de sus bienes, con los que nos hace ricos a nosotros; la del don de sí de Jesús para hacernos felices a nosotros. Basta iniciar esa actitud para descubrir la verdad de las «palabras de Jesús» que Pablo recordaba: «hay más felicidad en dar que en recibir». Porque, hechos a imagen de Dios, los hombres solo nos abrimos a la felicidad, cuando hacemos de nuestra vida el canal por el que los dones de Dios llegan a nuestros hermanos.

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Frase del día

 

 

Oremos con san Ignacio: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad… Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta».

 

 

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La mies es mucha

 

 

Las instrucciones para esta misión de los setenta y dos subrayan sobre todo la urgencia de la tarea, y las previsibles dificultades: «como corderos entre lobos». Hay en el relato un clima de expectación del final; ahora no van a sembrar, van a recoger la cosecha. La magnitud y la urgencia de la tarea hacen necesario el envío de más trabajadores. Los enviados son solo colaboradores: van a preparar el terreno a Jesús, y el dueño de la mies es Dios. Cualquier aplicación literal de las normas a la misión a otros tiempos y lugares resultaría anacrónica. Pero sigue siendo actual el envío de todos los discípulos, la urgencia de la misión y su contenido: el reino y su paz, la pobreza de recursos y la necesidad de la oración. La práctica de la misión llena de alegría. En ella se percibe la fuerza del Evangelio. Jesús les asegura, además, que los nombres de los que anuncian el Evangelio están guardados en la memoria de Dios.

 

 

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Señor, que te has dignado llamarnos a seguirte, ayúdanos a cumplir las condiciones que requiere tu seguimiento.

 

 

 

 

 

                                                     Fuentes: Editorial San Pablo y CEE