Sábado 6 de agosto de 2016

6 SÁBADO. Hasta la hora nona

 

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR, fiesta

Fiesta de la Transfiguración del Señor, en la que Jesucristo, el Unigénito, el amado del Eterno Padre, manifestó su gloria ante los santos apóstoles Pedro, Santiago y Juan, con el testimonio de la Ley y los Profetas, para mostrar nuestra admirable transformación por la gracia en la humildad de nuestra naturaleza asumida por él, dando a conocer la imagen de Dios, conforme a la cual fue creado el hombre, y que, corrompida en Adán, fue renovada por Cristo (elog. del Martirologio Romano)

 

 
Santo del día:

Transfiguración del Señor, f.; Hormisdas; Justo y Pastor;

Bta. Mª Francisca de Jesús;

 

 

Misa de la fiesta (blanco)

 

 

 

LECC.: vol. V.

 

- Dan 7, 9-10. 13-14.

Su vestido era blanco como nieve.

 

o bien:

2 Pe 1, 16-19.

Esta voz del cielo la oímos nosotros.

 

- Sal 96.

R.- El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

 

- Lc 9, 28b-36.

Moisés y Elías hablaban de su muerte.

 

 

 

SÁBADO. Después de la hora nona

 

DECIMONOVENA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

Tercera semana del salterio

 

Misa vespertina del XIX Domingo del tiempo ordinario (verde)

 

 

Oficio de la f.

Dan 7,9-10.13-14 / Sal 96 / 2Pe 1,16-19 / Lc 9,28b-36

 

 


Primera Lectura:

Daniel 7,9-10.13-14

 

Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él. Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará.

 

 

 

Salmo responsorial:

Salmo 96,1-2.5-6.9

 

R.- El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra. 

 

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.  R

 

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria. R

 

Porque tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses. R

 

 

Evangelio:

según san Lucas 9,28b-36

 

En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía lo que decía. Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

 

 
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La transfiguración de Jesús

 

 

El relato de la transfiguración en Lucas está puesto en relación expresa con la confesión de Pedro y el anuncio de la pasión. Hay en él alguna alusión a Getsemaní, como la referencia a la oración, la compañía de los tres discípulos y el sueño que los invade. Y todo parece indicar que con ella Jesús ha querido prevenir a los suyos ante el escándalo que va a producirles su muerte, adelantándoles la glorificación con que el Padre responderá a la pasión y muerte en cruz en las que terminará su «subida a Jerusalén». La luz, atributo visible de la divinidad –«Tú te cubres de luz como de un manto», cantan de Dios los salmos–, transforma su rostro e irradia deslumbrante en sus vestiduras. Y de la nube, símbolo bíblico de la presencia de Dios, resuena la voz que como en el bautismo le proclama su Hijo amado, el Elegido, a quien el Padre nos pide escuchar. Pedro quisiera perpetuar el momento y convertir el monte en morada de Dios para siempre. No sabía lo que decía. Antes es preciso que el Mesías padezca y así entre en su gloria, y que los discípulos lleguen a ella siguiendo los pasos de Jesús, a la espera de que también sus cuerpos mortales sean «transfigurados en un cuerpo glorioso como el suyo».

 

 

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 Expresemos nuestra alegría y nuestra admiración en una oración de alabanza: ¡Bendito sea el Señor, nuestro Dios, porque en Jesucristo ha visitado y redimido a su pueblo!

 

 

 

 

                                                      Fuentes: Editorial San Pablo y CEE